El músico galo Yann Tiersen se embarcó con el público tapatío en un viaje entre notas de piano, aves marítimas, lluvia, violines y celuloide

Al filo de las 6:30 p. m. una tormenta azotó el Conjunto de Artes Escénicas. Las puertas de cristal templado parecían de papel. La mayoría de la gente ya se encontraba en sus asientos esperando por Yann Tiersen. Unos pocos seguíamos en el lobby cuando dieron la tercera llamada. Los que apenas arribaban estaban completamente empapados.

Una gotera había mojado el escenario y no estaba en condiciones óptimas para comenzar. “¡No chingues que se va a cancelar!” se escuchó entre el público que se componía por unos muy trajeados, algunas mujeres vestidas de gala y con tacón alto, otros en chanclas parecían haber atinado la ocasión. El desconcierto por el concierto se apoderaba de la gente y el boleto no había sido muy barato que digamos. “Tercera Llamada, favor de ocupar sus asientos y apagar sus teléfonos celulares”. Había llegado el momento.

Yann Tiersen siempre ha sido un músico sobrio y preciso como su música. Un gesto con la mano, presionar “play” en el reproductor de carrete que era su única compañía, junto con sus instrumentos y 3 grandes bombillos de esos de filamento trenzado y un vaso pequeño con su bebida de elección. Del reproductor comenzaron a salir sonidos ambientales y el piano de cola empezó a sonar magistralmente con la danza de sus dedos. Desde el comienzo sabíamos que no sería otro concierto más.

No eran canciones las que tocaba, eran historias las que salían de su piano

Si cerrabas los ojos podías sentirte caminando por la Rue Alessia en Montparnasse o ver las gaviotas volando sobre tu cabeza en Córcega. La luz en la sala era casi inexistente, como en una sala de cine, ese séptimo arte tan cercano a Yann. Los focos apenas iluminaban el escenario, bien podría haber sido una escena oscura de “Amélie” o “Good bye Lenin”.

Una vez interpretado en su totalidad el álbum EUSA, sólo dijo “gracias” y se levantó por su violín. Como buen multi-instrumentalista nos dio una demostración de lo que es capaz de ejecutar con sus manos y aún más: de lo que engendra su creatividad. De ahí a un par de pianos diminutos que estaban frente al escenario, tocándoles sentado en el suelo como un niño con sus juguetes favoritos, hasta una melódica con ese intro inconfundible de “La Dispute”.

El público estuvo durante 90 minutos en un trance absoluto. Sometidos bajo el sublime yugo de Yann Tiersen, hasta que se despidió por primera vez todos aplaudieron a raudales y gritaron y chiflaron. Regresó a su piano, comenzando su hipnotismo de nuevo ignorando por completo el “te amo” de una asistente. No salieron más de 10 palabras de su boca, pero el placer y la felicidad que transmitía su rostro era innegable. Dejó el escenario con el mismo gesto en la mano y rebobinando su cinta. Sin palabras, así dejó al público de Guadalajara quienes tuvimos la fortuna de verlo después de 4 años de ausencia, esperando que la próxima no sea tan prolongada.

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